9.4.18

Cirrocúmulos

4.4.18

Rojo rojo rojo

Camino por el camellón de la Calle Durango, estoy por llegar a la boca calle que hace con Avenida Veracruz y el camellón de Avenida Mazatlán. El sol resplandece sin nubes que lo cubran, es uno de esos días de inicio de primavera en la Ciudad de México, Jacarandas, brisa fresca, poca posibilidad de cambios abruptos de cima que te permiten ir ligera sin algo que cargar por si llueve o hace frío. Los días de inicio de primavera se puede caminar con la única previsión de estar bien hidratado, con protector solar y paradas intermedias en la caminata para no ceder al cansancio que te provoca el sol sin más pausas que la de las sombras de árboles o edificios al paso.

Justo en esa boca calle se que siempre está el mismo indigente en esquina del camellón, cabello enmarañado, una especie de dreadlocks hechos por la suciedad, unos harapos de vestimenta, el pantalón sostenido por un mecate y sus precarias pertenencias repartidas por esa esquina sin aparente orden, por allá un zapato sobre la tierra, un costal de yute al lado de la estación de ecobici, las bolsas plásticas gastadas pero resistentes de distintos colores opacos, en la mano una botella de pet sin etiqueta con un líquido amarillento. Lo veo. Me alegra en una forma extraña encontrarlo en la misma Hoy no solo está él, le acompaña alguien más, otro indigente que también duerme al rayo de sol sobre una caja de cartón desdoblada a unos 10 pasos adelante, fijo la mirada en el pedazo la piel expuesta en su cintura del trapo que le cubre el torso. Pienso que la textura sucia, cuarteada, de un matiz arenoso de su piel me gusta y pese que la distancia me lo impide logro imaginar el olor que emana. Siento como se eriza mi piel al pensar todo esto en frases pequeñas y pasajeras en mi mente.

Sigo caminando. La pareja perfectamente vestida y de la mano frente a mi, su estatura pequeñita y coordinada. El tipo en la banca con el cabello de Juan, le acaricia la cabeza a un perro que lo mira fijamente. Recuerdo al perro esbelto y alto que vi hace una hora con el bozal, la angustia que me provocó ver como intentaba de muchas formas comunicar su sed y cansancio a lo que el dueño con poca atención atendía únicamente con un jalón corto de correa. Camino. Noto el peso de mis pasos. Talón. Punta. Izquierda. Talón. Punta. Derecha. La luz que se filtra de entre los árboles. Los tapices alternados de flores de jacaranda o bugambilias. Son meses morados pienso, debo contarle eso a Juan. Me comienzan a pesar los pies, es hora de buscar una sombra pero estoy cerca de casa, sigo caminando. Ya solo me falta una cuadra para terminar el camellón, me entra la misma tristeza efímera de siempre al terminar esa calle.

Un tercer indigente se acerca, irrumpe de uno de los pasillos en los costados, camina erráticamente pero con cadencia, encorvado, con las manos en cuenco justo debajo de su rostro sostiene una estopa empapada al que caen y a su vez derraman al suelo las gotas desde su rostro. Pasa a mi costado, cruzamos la mirada y se que él no alcanza a ver que también lo vi por los lentes obscuros que uso para mitigar la luz. Siento ese aroma pesado del hierro tan característico de la sangre, me levanto los lentes y veo el trazo del chorro copioso y goteado que dejó a su paso. Me detengo. Trato de controlar mi respiración que nunca noté cuándo comenzó a entre cortase, siento que me falta el aire. Volteo mi cabeza al lado izquierdo y veo a dos personas que también vieron lo que yo y que sin inmutarse, siguen su camino y plática. Tengo nauseas. Pienso en Kill Bill, la escena donde Beatrix, rodeada de los Crazy 88 levanta su sable y comienza a destazarlos sanguinariamente. Close up al rostro de Beatrix, de un movimiento le quita un ojo a uno de ellos y la escena cambia de color a blanco y negro. Me levanto y bajo los lentes a la altura de los ojos; rojo, gris, rojo, gris, rojo, gris. Recuerdo las últimas flores rojas que recibí hace unos meses y como se deshojaron a los dos días. Veo mi pulsera roja con magnetos atados firmemente en la muñeca derecha adolorida al tratar de articularla. Se me eriza la piel nuevamente y siento claramente como sigo sin lograr controlar mi respiración. Camino. Respiro profundo, una vez, dos veces, tres veces. Lo vi. No es invisible. Lo vi. Lo vi. Lo vi. Volteo para buscarlo, no se me ocurre qué puedo hacer por él, ya está muy lejos. Sigo caminando.

22.3.18

Sobre el miedo

Temo a los refrescos azucarados, a las etiquetas de contenidos nutricionales ambiguas, a los lacteos, a los cancerígenos en los procesados, al olor nauseabundo del nanche, a las texturas y sabores que destemplan mis dientes, a las clases express de vida, a subir las escaleras que lastiman mi rodilla derecha y me hacen sentir como si la articulación fuera una bisagra vieja, a mi muñeca derecha crepitando, a las heridas nuevas que dejaron cicatriz, a los edificios con el tirol resquebrajado y que avecinan un derrumbe justo en el instante que voy caminando al costado, a los techos volados que no se sostienen por una columna porque me recuerdan al chavo que terminó aplastado media cuadra de mi casa por venir leyendo su celular y detenerse justo abajo, a los árboles con flores que despiden ese polen que alcanzas a ver y que siento como se instala en las paredes de mi garganta, a las palabras que se quedan  en el umbral de la boca y chocan y se hacen mil pedazos  pequeños que se desintegran antes de ser dichas ante la barreara de "mejor-no-te-digo", a los ignorantes empoderados pero más aún a los líderes estúpidos, a la gente con demonios internos, a la gente con paz interior y que se ufana de ella justo con esa expresión, a la gente que tiene un grado de locura socialmente aceptable, a la gente explosiva y gritona, a los que derivan a una deidad toda esperanza y responsabilidad, a los que citan versículos, a la gente nueva por conocer, a la gente sin vicios, a los que no les gusta la música, a los seres humanos nuevos, a no saber cómo adaptarme a la ausencia física de los seres humanos viejos pero más aún a la ausencia de los seres humanos, a las rutinas que cambian sin anuncio previo, a las bromas fuera de tiempo, al calentamiento global, a la basura mal clasificada, al plástico y su presencia abrumadora, a la impuntualidad, a las estadísticas realistas, al pesimismo, a las cucarachas, moscas y alacranes porque tengo el mal hábito de pensar que los pobres bichos preceden malos augurios, a que se caiga el internet, a que roben mi teléfono, a depender, a tener que confrontar los olores fétidos de un toper con comida pasada, a perder recuerdos, al frío incontrolable que no se soluciona con calcetines afelpados, a los desajustes, a los cambios de ruta después de un volantazo, a lo complicado que es hacerle entender a tu cuerpo lo que tu mente quiere y viceversa, a la sincronía, a la obscuridad en días cansados, a no poder hacer caminatas largas, a los límites, a la saciedad, a necesitar lentes, a regresar al agua, a vivir en un país sin lluvia, a no poder flotar un día y hundirme, a los mareos cuando me paro rápido, al color rojo, a la falta o exceso de sangre, a que un día no pueda conciliar el sueño fácilmente al poner la cabeza en la almohada, a revivir experiencias y no soltar el pasado, a la ausencia del sol, a los animales con pupilas no redondas, a las películas de terror que elaboran sus historias en escenarios fantásticos y personajes ficticios, a las metáforas ramplonas, a llegar tarde a una cita, a los horizontes sin montañas, a las puertas que rechinan por falta de aceite, a las plantas con bordes con picos que se van a ensartar en mi ojo cuando pase al costado de ellas, a perderme y no entender las actualizaciones de las suites de diseño, a que rediseñen mis 3 logotipos favoritos, a ser la protagonista de Truman Show y mi existencia sea un teatro armado por alguien más, a los sonidos abruptos, a los payasos malignos, a que algún día me racionen el uso del agua, a que talen el bosque de Chapultepec para poner un centro comercial, a que me quede sin los músculos necesarios para reír, a no poder conversar, a ser incapaz, a no poder comer cosas saladas, a la impermanencia, a normalizar las dicotomías sentimentales, a no poder aprender algo nuevo, a no ser curiosa, a perder mi capacidad de aprender, a que me prohiban ser usuaria de Netflix por prestarle la contraseña a mis papas, a los desencuentros, a la espera, a los juegos de mesa que nunca llegan a nada, a que alguien que nunca existió físicamente desaparezca de mi mente, a perder la esperanza que puedo con esto, al silencio absoluto, a las armas de fuego pero sobre todo a las armas que usa la gente idiota, a todas las armas de fuego, al ridículo ajeno, a las barbas y bigotes ralos, a molestar con mi altura a la gente más bajita que yo, a los documentos perdidos en el limbo de la bandeja de correo, a dejar de ser amada, a darle publicar a este texto, a que el miedo gane y deje de ser mi combustible.

6.12.16

Reflexión de cierre de año

Y no me vengan con que no les ha pasado esta idea por la cabeza...






1.8.16

Invocaciones

11.7.16

Coleccionista de cielos

Esta etapa de mi vida se resume en una palabra,
intuición
Tal parece que todo lo aprendido anteriormente fue una especie de propedéutico. Siento que todo previo esta por validarse. Pocas cosas son certezas pero entre ellas un par;
Disciplina, cada vez que me hago de hábitos que la refrendan todo fluye mejor, con más naturalidad.
La segunda es más intrascendente, pero también creo que casi corroborada; la gente que se ufana sin pudor ni mesura de sus verdades me da mucha desconfianza.

En suma, aunque estas dos verdades profesionales parecen ya difíciles de refutar no dejo de pensar, qué siento, a dónde creo que debo ir. In-tui-ción... dejar de pensar (mi lugar de confort) y más sentir.

Dejo una foto de mis cielos, esos que veo desde que estaba en la carrera, y que tiene un poco de esto que ahora me tiene pensando tanto...
Disciplina para seguir registrando cielos, al grado absurdo de recibir fotos de ellos de todos mis conocidos queridos, como si formaran parte de este club de los cielos. No se para qué lo hago, pero sigo en ello, tratando de disfrutar el proceso más que entender el resultado y en el camino, sin planearlo, volverme una coleccionista de cielos.


25.4.16

Work is not a job

Vivo en un espacio en la red, si teclean mi nombre con un punto com al final aparece mi vida laboral. Tan fuete eso de crearse una identidad digital. Ya todo combina, alias, fotos, colores... llegas a los 35 y te das cuenta que algo ya llevas construido.

Abril, antes de que termine, quiero guardar el record que es el mes de mi emancipación laboral. Llevo un año y contado como freelance, el saldo es este sitio, pero también un despacho que estoy por terminar, colaboradores, clientes, revista nueva, marcas nuevas, videos, sitios, redes, portadas, ilustraciones, amplio etcétera. Un año emocionante y donde todo lo cosechado me ayudó a entender que puedo, que estoy y que voy a seguir.

En los descubrimientos importantes:
1. El trabajo se hace en un "lugar de trabajo"
2. Me gusta mucho el silencio
3. No soy tan mala vendedora
4. Soy menos desordenada de lo que creía
5. Se llevar presupuestos
6. Soy menos introvertida que antes
7. Me gusta mucho mi profesión y cada día me enamoro más de ella,

La imagen es un lienzo como de 100 x 70 cm. que al inicio del año pasado, en abril, comencé a pintar todos los días un poquito, cada día de trabajo hice un garabato nuevo. –La constancia–, esa que esta vez, fue y creo seguirá siendo mi mejor aliada.


5.11.15

Concentración cronometrada

Hace un par de meses que retomé la escritura de mi tesis de titulación de matestría, es una de esas tareas que deseo que muera este año para abrir nuevas puertas. Me está costando trabajo pero a pasitos va avanzando.

Mis sesiones están cronometradas porque trabajando como independiente hay que ser putridisciplinada para que los planes y tareas se concreten cada día así que me impongo sesiones con tiempos exactos y para escribir oigo al menos una vez esto al día mientras escribo. Me gusta muchísimo La hija del Regimiento, es una historia tan dulce pero a la vez pícara. Supongo que ese mundo donde eres una chica entre su batallón protector tiene algo de encantador.


1.10.15

Mi partida de la casita amarilla


Pocas cosas que contar de mi garabato, a veces la vida tiene reveses extraordinarios, y al tiempo, toca recordar y entender que lo vivido era necesario y estaba lista para inventarme un nuevo hogar.

1.9.15

Del vendedor de velas a Macario

...Hay que tener más consideraciones con los muertos, porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos.

Total, en esta vida todos nacemos para morirnos y qué ganamos aquí algunos gustos y a veces, ni eso.

Muchos trabajos, muchas penas.


Cuando nacemos ya traemos nuestra muerte escondida en el hígado o en el estómago, o acá,  en el corazón que algún día va a pararse, también puede estar fuera, sentada en algún árbol que todavía no crece pero que te va a caer encima cuando seas viejo.