31.7.08

Adiós

Ayer en la noche mi papá me mando un mensaje: A. Aura falleció.
En el momento que lo mandó pensé en Aura de Fuentes y en unos segundos entendí que hablaba del fallecimiento de Alejandro Aura.

Me dolió y a su vez me hizo recordar el libro Fuentes por Aura. Y la historia que hace unos meses le escuché contar sobre ese tema en un café al sur de la ciudad, pocas mesas al aire libre con muchos de sus amigos y varios que como yo lo conocían únicamente por sus letras. Una tarde en la que el motivo era presentar su recién publicado poemario y en la que varias veces se hizo presente el tema de despedirse a causa del mal estado en que estaba su salud. Me incomodan mucho ese tipo de momentos finales pero esta vez fue muy divertido, el anfitrión nos mantuvo risa y risa en todo momento.

Aura es uno de mis pocos ídolos literarios, enseñándome mucho y siempre riendo. Lo único que me parece triste es que ya no vamos a poder verlo leer en persona, ahora solo nos queda conformarnos con sus letras y guardar en la imaginación la fantasía de cómo las hubiera interpretado él.
Les dejo su despedida.

DESPEDIDA

Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos,
aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo
y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;
se quedarán los demás, que cada vez son otros
y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,
también el hueco de nuestra imaginación se queda
para que entre todos se encarguen de llenarlo,
y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,
como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo
y luego, sin rencor, deja de estarlo.

¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,
allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,
eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo
con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas
en el que el tiempo se mueve tan despacio
que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.
O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas
de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.
O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando
que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.
Lo que queda no hubo manera de enmendarlo
por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,
ya estaba medio mal desde el principio de las eras
y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse
a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,
de modo que se queda como estaba, con sus millones,
billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,
esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos
y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.
Nos vamos. Hago una caravana a las personas
que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.
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