18.11.07

Mi traje azul cielo

Por Sadot Fabila Hernández

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Hablar de su color a últimas fechas, era imposible; como tampoco era fácil definir su forma. Es decir, color y forma se habían ido perdiendo con el tiempo.

Y tanto que recuerdo las primeras impresiones. Ellas fueron cuando lo estrené -un sábado, tenía que ser sábado, ¡día de estrenos!- Lo primero que sucedido: fue todo lo que tuve que inventarle al sastre para que me lo entregara desde el viernes por la noche, adeudándole aun treinta pesos. Después, y ya el sábado, en que me “enfundé” mi traje nuevo de gabardina azul cielo, abierto y de tres botones, recurrían a mi corazón tan encontradas sensaciones: se me henchía, pletórico de candorosa alegría, o se me oprimía en una depresión terrible; ahora creía que toda la gente no me despegaba su vista y , ello, me hacía timorato, caminaba con dificultad y, aun cuando soplaba fresca brisa, yo me sentía como hornillo, acalorado; ahora me sentía feliz, como si mi estatura fuese mayor que la de los transeúntes y, entonces, me erguía, sacando el pecho respirando profundo, mirando con picardía a las formas femeninas. Todo este discurrir ilógico de impresiones, me las explicaba claramente: se debían a mi falta de costumbre en tratándose estrenar ropa nueva. Y no por ello dejábanme estás anacrónicas molestias, muy a pesar de los esfuerzos tendientes a reprimirlas, yo andaba acalorado, incómodo u optimista.

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Alguien me había dicho:

-Tu mala suerte para no encontrar trabajo tiene su origen en la ropa que llevas, ¡las personas te tratarán como te vean vestido!

No del todo creí tal prescripción, sin embargo, pronto pude comprarme un traje de gabardina azul cielo, abierto de tres botones, y en parte, mis ratos alegres debíanse a que, encontrándome sumergido en un traje nuevo, principió a tomar cuerpo ese consejo y, ahora sí, a pie juntillas creía que encontraría trabajo…todas las puertas, ¡pero todas! me estarían abiertas, yo tendría trabajo, bueno por cierto, ¡que caray, para algo andaba tan elegante, elegante azul cielo…!

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Otro fenómeno no menos singular me asaltaba a raíz del estreno de mi traje: empecé a sentir una rara animadversión por aquel plumaje azul cielo pues calculaba que él contenía un valor superior al mío: ¡un traje de ciento ochenta pesos valía más que yo! Algo curioso pero quizá verdadero, ese traje valorábame, personificábame, me estaba dando nuevas posibilidades en la lucha por la vida. Ese traje, que en último análisis, no era más que un pedazo de trapo azul cielo, más o menos confeccionado a las formas de mi cuerpo, se encontraba por sobre mis veintiocho años llenos de cosas útiles aprendidas, y de las barbas y bigotes que poblaban mi rostro.

Entonces hacía enojos contra mi traje y, enfadado casi estaba dispuesto a regresarme y quitármelo y ponerme los humildes anteriores atavíos.

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No diré que estos fenómenos psicológicos, duráronme mucho tiempo, ¡quizá! Tan solo tres o cuatro días. En adelante, mi vida empezó a encausarse por la normalidad, la mediocridad de antes. Si acaso, y de vez en cuando, soportaba bromas estúpidas de mis amigos sobre mi traje de gabardina azul cielo. Por lo demás, fui notando, no sin tristeza, que mi personalidad y su consecuente fatalidad, seguían siéndome propias, las de siempre; ninguna puerta fuéme abierta, ningún trabajo pude conseguir. Para mí el tiempo transcurría lentamente, en la peor de las miserias. Veía los relojes de las tiendas, de los edificios públicos y de las torres de las iglesias cómo, inexorablemente, sus manecillas daban vueltas infatigablemente. Veía como, en el cielo enorme cóncavo, una y otra vez, una y cien veces, el sol nacía, se ocultaba y volvía a nacer, veía también, como las sombras de los edificios, sus perspectivas dibujadas por la luz en sombras, día tras día, ¡tantas veces! Macilentamente, de chaparras y romas, se iban alargando, esbelteciendo, y crecían tanto que finalmente se esfumaban, se perdían fantasmagóricamente con su hermana mayor, la noche.

¡Y yo, igual…! Es decir, de mal en peor: sin trabajo, con hambre, preñado de obligaciones. Pasaron cerca de dos años en circunstancias tales…

* * *

Con tanto tiempo transcurrido, mi traje azul cielo otrora, abierto y de tres botones, paulatinamente fue perdiendo su color y forma y, a estas alturas, en mi había desaparecido el donaire que, originalmente me daba su color y forma. Mas, ¿Cómo fijarse en esas futilezas cuando se tiene hambre? Si, recuerdo con cariño inolvidablemente el cariño que me fue naciendo por mi traje; como si ese cariño -tal vez amor-, creciese en la medida del tiempo, en relación con las huellas que iba dejando sobre su urdimbre de algodón tramado. Llegué a quererlo tanto… ¡ya que fue mi compañero inseparable! El estaba conmigo en todas las horas, en esas donde mi abatimiento llegaba a su clímax, donde exhausto y hambriento, descansando en una banca del parque público “La Ciudadela”, dejaba rodar mi llanto tibio sobre sus tejidos grasientos y…entonces, mi traje y yo platicábamos, hablábamos de mis dolorosas cuitas cotidianas…¿Cómo no hablar con un compañero inseparable en las amarguras?... ¡No, yo no estaba loco: muchas veces, a los objetos, por razones poco explicables, se les puede amar casi como a los seres! Ya por último, en defensa de ese amor -absurdo para otros-, solo diré que, mi traje, a diferencia de algunos hombres, únicamente servicios supo darme…

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-Cuántas cosas me has hecho vivir -decíame quedamente mi traje-, tal como si tú y yo fuésemos hermanos; solo que yo me acabaré pronto, y tú…

-No debes hablar así, -interrumpíalo bruscamente- aún caminaremos mucho tiempo juntos.

-Hoy fueron el polvo del camino y el ardiente sol los que me asfixiaron; ayer fue una mancha de tinta sobre la manga izquierda…-quedábase pensativo, luego continuaba-: Ya no podría saber cuántas veces la lluvia me ha empapado, como tampoco podría decirte cuántas veces has hecho que la costura sostenga mis hilos, cuando me planchas…¡que alegría siento sobre mis tejidos!, tu sudor me ha impregnado… En las interminables noches invernales has temblado, yo he cerrado mis hilos, me he pegado a tu cuerpo…

Platicando así, sentía una gran angustia, me creía culpable y volvía a caminar para seguir hablando sobre mis desdichas materiales.

* * *

Aquella vida ya me estaba resultando imposible. Una noche, medité y medité, fue así hasta el amanecer. Después de mil conjeturas sobre mis problemas, hasta sentir que la cabeza me reventaba, sólo pude caer en una conclusión: ese día, sin saber cómo, resolvería, me decidiría por algo, algo que me hiciera emerger de mi espantosa miseria!

Antes de salir a la calle, recibí una carta que al principio me pareció rara. Era anónima, escrita a máquina; después de leerla varias veces, llegué a entenderla, ella decía:

“Ya me he casado, te suplico destruyas o me entregues retratos y papeles”.
Bonito estaba para, en esas horas agobiantes, tal vez las últimas, ponerme a juntar y remitir, previa investigación de domicilio, cosas tanto tiempo olvidadas.

Ese día fue distinto en algo a los demás. Yo sabía, tenía plena confianza, aseguraba que era el último de fatalidades pero, ya el sol declinaba y, aún las cosas iguales. La desesperación me estaba conduciendo, inevitablemente, a los terrenos de una locura rabiosa y…

Lo último que recuerdo, en ese preciso día, es:… clavé la mirada sobre un hombre cualquiera, que viajaba también, junto conmigo, en el autobús; ¿Por qué tenía que ser aquel hombre precisamente? ¡quién sabe, todo pasaba desesperada y subconscientemente! Prendí la mirada fijamente en él, como si con ella tratase de atarlo, como si con ella estuviese impidiéndole que se me escapara… Cuando él se bajó del vehículo, yo también lo hice… él caminó y yo lo seguí… en un momento dado, con toda mi fuerza descargué el puño en su nuca, ¡cayó! cayó como pesado fardo y me arrojé sobre él, saqué de sus bolsas lo que encontré… oí voces y carreras tras de mí… corrí desesperadamente, sin saber hacia dónde, ¡hacia dónde mi resistencia me llevase…! y ya no supe más por esa noche…

* * *

Al día siguiente, sentado en mi banca favorita del parque “La Ciudadela”, tristemente, tan triste como nunca, principió mi traje un diálogo:

-Pero, ya no llores, tus lágrimas me queman…

-¿Si tan sólo supiera todo lo que ha pasado anoche? Ahora estoy pensando que fue un turbulento sueño, pero no, el bolsillo está repleto de dinero y la mano me duele, como si la tuviese rota…

-Ah, cuán tonto eres…! Te diré: después de que golpeaste a ese hombre, que más bien era un anciano, metiste en mi bolsillo mucho dinero y corriste… me dí cuenta, alguien te venía persiguiendo de cerca; yo procuraba alivianarme para que no te alcanzaran y, apretaba con mis bolsillos los billetes. Luego, después de correr desesperado, interminable, saltaste, en forma increíble, la tapia de una casa, apenas lo habías hecho se prendió la luz en el patio; tú te quedaste parado, inmóvil, asustado; una mujer se te acercó, abrió tremendos ojos y balbuceó:

-“Pero ¡eres tú! tan pronto has venido… si apenas ayer puse la carta… dame las cosas y vete ¡luego luego!...”

-En eso tres hombres, los mismos que te venían siguiendo –continuó diciéndome-, se pararon a la reja de aquella casa y preguntaron con voz enérgica a la mujer:

-¿No se ha metido por aquí un hombre?, acaban de golpear y asaltar a un anciano…”

-Tú te quedaste rígido, pálido, exánime, como si estuvieras muerto; la mujer volteó a verte y, con indecisión, apenas silbando las palabras, contestó a los hombres:

-…No…aquí nadie ha… entrado….”

-Los hombres se fueron retirando lentamente -prosiguió-, con desconfianza de lo que habían oído. Después, la mujer, con ojos fulgurantes te gritó breve y secamente:

-“¿Trajiste mis cartas…?”

-Tú como autómata, sin hablar, metiste la mano a la bolsa, sacaste el montón de dinero mostrándoselo y, con un impulso nervioso, volviste a guardarlo… ella, sin más díjote:

-Ya se ve, ¡lárgate! Mándame por correo mis cosas…”

-Tú tenias la boca abierta y los ojos desmesurados, ¡causabas espanto! Ella volvió a repetirte, ahora con más energía:

-“¡Lárgate o llamo a esos hombres!”

-Diste la vuelta, empezaste a caminar sin saber dónde. Toda la noche caminaste, bajo la lluvia y el frío. Al principio, nunca me pareciste tan liviano como entonces pero, en la medida que caminabas, fuiste trocándote más pesado y frío, pesado y frío… tan pesado y frío que parecías de granito. Andabas y andabas, chocabas contra todo y todos… alguien llegó a insultarte, otros te empujaron, caíste y volviste a caminar, caminar sin parar hasta ahorita… ¿Sigues llorando…? ¡Oh, no, no, por favor ya no llores más, tus lágrimas me queman!...

* * *
Como lo hacía con frecuencia, para evitar aquellas pláticas, eché a andar de nuevo. Pero ahora, ¡bien que sabía a dónde iba! Entré en la primera casa que encontré, adquirí un traje nuevo, ¡cualquiera! ¡Hice la peor de las vilezas!: fui a mi casa, me cambié de ropa y regalé a un amigo, tan pobre como yo, aquel traje… Me desprendí de él cuando más lo amaba, cuando ya no tenía ni forma ni color… ¿Era por la enorme vergüenza que sentía ante aquel traje, otrora de gabardina azul cielo, abierto de tres botones…?
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